Retrato de Mónica/ Sophia de Mello Breyner Andresen
Mónica es una persona tan extraordinaria que consigue simultáneamente: ser buena madre de familia, ser muy chic, ser dirigente de "La liga internacional de las mujeres inútiles.", ayudar al marido en sus negocios, hacer gimnasia todas las mañanas, ser puntual, tener grandes amigos, dar muchas cenas, ir a muchas cenas, no fumar, no envejecer, gustar de toda la gente, que la gente guste de ella, hablar bien de toda la gente, que toda la gente hable bien de ella, coleccionar collares del S XVII, jugar al golf, acostarse tarde, levantarse temprano, comer yogur, practicar yoga, apreciar la pintura abstracta, ser socia de todas las sociedades musicales, estar siempre entretenida, ser un buen ejemplo de virtudes, tener mucho éxito y ser muy seria.
He conocido en la vida muchas personas parecidas a Mönica. Pero son sólo su caricatura.
Siempre dejan el yoga o la pintura abstracta.
Por detrás de todo eso hay una trabajo severo, sin treguas, y una disciplina, rigurosa y constante.
Se puede decir que Mónica trabaja de sol a sol.
De hecho, para conquistar todo su éxito, y todos los gloriosos bienes que posee, Mónica tiene que renunciar a tres cosas: a la poesía, al amor y a la santidad.
La poesía es ofrecida a cada persona solo una vez, y su efecto de negación es irreversible.
El amor es ofrecido raramente y aquel que lo niega algunas veces después no lo encuentra más. Pero la santidad es ofrecida a cada persona de nuevo cada día, es por eso que aquellos que renuncian a la santidad son obligados a repetir la negación todos los días.
Esto obliga a Mónica a adoptar una severa disciplina. Como se dice en el circo "cualquier distracción puede causar la muerte del artista". Mónica nunca tiene una distracción.
Todos sus vestidos son bien escogidos y todos sus amigos son útiles.
Como un instrumento de precisión, ella mide el grado de utilidad de todas las situaciones y de todas las personas.
Es como un caballo bien enseñado, ella salta sin tocar los obstáculos y barre todos los caminos.
Por eso todo le sienta bien, hasta los disgustos.
Las cenas que hace Mónica también siempre funcionan muy bien.
Cada lugar es un empleo del capital.
La comida es óptima y en la conversación toda la gente está siempre de acuerdo, porque Mónica nunca invita a personas que puedan tener opiniones inoportunas.
Ella pone su inteligencia al servicio de la estupidez.
O, más exactamente, su inteligencia está hecha de la estupidez de otros.
Esta es la forma de inteligencia que garantiza el dominio.
Por eso el reino de Mónica es sólido y grande.
Ella es íntima de los mandarines y de los banqueros y es también íntima de manicuras y cañeros.
La llegada de Mónica es, siempre, en cualquier parte, un suceso.
Cuando ella está en la playa, el propio sol se enerva.
El marido de Mónica es un pobre diablo que Mónica transformó en un hombre importantísimo.
De este marido fastidioso, Mónica ha sacado el máximo rendimiento.
Ella lo ayuda, lo aconseja, lo gobierna.
Cuando el es nombrado administrador de más de una cosa, es Mónica la que es nombrada.
Ellos no son hombre y mujer.
No son un matrimonio. Son, antes, dos socios trabajando para el triunfo de la misma firma.
El contrato que los une es indisoluble, porque el divorcio arruina las situaciones mundanas.
El mundo de los negocios es bien pensante.
Es por eso que Mónica, habiendo renunciado a la santidad, se dedica con gran dinamismo a las obras de caridad.
Ella hace abrigos de lana para las niñas y niños a las que sus amigos condenan al hambre.
Algunas veces, cuando los abrigos están prontos, las niñas y niños ya murieron de hambre.
Pero la vida continúa. Y el éxito de Mónica, también.
Ella todos los años parece más jóven.
La miseria, la humillación, la ruina, no logran rozar siquiera sus vestidos.
Entre ella y los humillados y ofendidos no hay nada en común.
Es por eso que Mónica está en las mejores relaciones con el príncipe de este mundo.
Ella es su partidaria fiel, cantora de todas sus virtudes, admiradora de sus silencios y de sus discursos.
Admiradora de su obra, que está al servicio de ella, admiradora de su espíritu, que ella sirve.
Se podría decir que en cada edificio construido en este tiempo, hay siempre una piedra trazada por Mónica.
Hace ya varios meses que no veo a Mónica.
Ultimamente me contaron que en cierta fiesta, ella estuvo mucho tiempo conversando con el príncipe de este mundo. Hablaban los dos con gran intimidad.
En esto, evidentemente, no hay ningún mal.
Toda la gente sabe que Mónica es muy seria y toda la gente sabe que el Príncipe de este Mundo es un hombre austero y casto.
No es el deseo de amor lo que los une. Lo que los une es, justamente, una voluntad sin amor.
Y es natural que el muestre públicamente su gratitud por Mónica.
Todos sabemos que ella es su mayor apoyo, el más firme fundamento de su poder.
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