La mujer parecida a mi- Felisberto Hernández (fragmento)
Hace algunos veranos empecé a tener la idea de que yo había sido caballo. Al llegar la noche ese pensamiento
venía a mi como un galpón de mi casa. Apenas yo acostaba mi cuerpo de mujer ya empezaba a andar mi recuerdo de caballo.
En una de las noches yo andaba por un camino de tierra y pisaba las manchas que hacían las sombras de los árboles. De un lado
me seguía la luna, en el lado opuesto se arrastraba mi sombra, ella, al mismo tiempo que subía y bajaba los terrones iba
bajando las huellas.
En dirección contraria venían llegando, con gran esfuerzo, los árboles y mi sombra se estrechaba con la de ellos.
Yo iba arropada en mi carne cansada y me dolían las articulaciones próximas a los cascos.
A veces olvidaba la combinación
de mis manos con mis patas traseras, daba un traspiés y estaba a punto de caerme.
De pronto sentía olor a agua, pero era un agua pútrida que había en una laguna cercana.
Mis ojos eran también como lagunas y en sus
superficies lacrimosas e inclinadas se reflejaban simultáneamente cosas grandes y chicas, próximas y lejanas.
Mi única ocupación era distinguir las sombras malas y las amenazas de los animales y los hombres.
En las primeras horas de la noche y a pesar del hambre yo no me detenía nunca.
Había encontrado en el caballo algo de lo que había dejado hacía poco en la mujer, una gran pereza, en ella podían trabajar a gusto los recuerdos.
Además yo había descubierto que para que los recuerdos anduvieran, tenía que darles cuerda caminado.
En esa época trabajaba con un panadero, fue el quién me dió la ilusión de que todavía podía ser feliz.
Por caminos muy distintos he tenido siempre los mismos recuerdos.
De día y de noche ellos corren por mi memoria como los ríos de un país.
Algunas veces yo los contemplo, y otras veces ellos se desbordan.
venía a mi como un galpón de mi casa. Apenas yo acostaba mi cuerpo de mujer ya empezaba a andar mi recuerdo de caballo.
En una de las noches yo andaba por un camino de tierra y pisaba las manchas que hacían las sombras de los árboles. De un lado
me seguía la luna, en el lado opuesto se arrastraba mi sombra, ella, al mismo tiempo que subía y bajaba los terrones iba
bajando las huellas.
En dirección contraria venían llegando, con gran esfuerzo, los árboles y mi sombra se estrechaba con la de ellos.
Yo iba arropada en mi carne cansada y me dolían las articulaciones próximas a los cascos.
A veces olvidaba la combinación
de mis manos con mis patas traseras, daba un traspiés y estaba a punto de caerme.
De pronto sentía olor a agua, pero era un agua pútrida que había en una laguna cercana.
Mis ojos eran también como lagunas y en sus
superficies lacrimosas e inclinadas se reflejaban simultáneamente cosas grandes y chicas, próximas y lejanas.
Mi única ocupación era distinguir las sombras malas y las amenazas de los animales y los hombres.
En las primeras horas de la noche y a pesar del hambre yo no me detenía nunca.
Había encontrado en el caballo algo de lo que había dejado hacía poco en la mujer, una gran pereza, en ella podían trabajar a gusto los recuerdos.
Además yo había descubierto que para que los recuerdos anduvieran, tenía que darles cuerda caminado.
En esa época trabajaba con un panadero, fue el quién me dió la ilusión de que todavía podía ser feliz.
Por caminos muy distintos he tenido siempre los mismos recuerdos.
De día y de noche ellos corren por mi memoria como los ríos de un país.
Algunas veces yo los contemplo, y otras veces ellos se desbordan.
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